





FIN DE SEMANA MIGUERO ―24 Y 25 DE OCTUBRE― EN EL CONGOSTO DE MONTREBEI

Seguramente,
las exquisitas tortillas de gambas confeccionadas por las hábiles manos de
Nieves fueron la razón de que el consultorio de siempre, “Grande Covián”, se alejara de su lugar habitual por espacio de
diez minutos provocando así el leve retraso de la bella cocinera y de Carlos.
En juicio sumarísimo posterior las afligidas tortillas sufrieron pena de cárcel
dentro del correspondiente bocata e, inmediatamente, destrucción paulatina, vía
papilas gustativas, a la hora del almuerzo.
A
las ocho en punto los seis coches con sus veinticuatro ocupantes salieron con
destino al Montsec. El día se presentaba nublado pero con buenos modales.
Viacamp fue la meta volante acordada y hacia allá se dirigieron sin más
incidencias que la carga de esencia por parte del vehículo de Chuchi y la
descarga de fluidos a cargo de media docena de tertulian@s.


En la explanada de Viacamp José Luis, el primero en llegar, se colocó el atuendo de policía de tráfico para, mediante gestos enérgicos, dirigir la llegada del resto de visitantes. El segundo coche, el de Javier, pasó disparado sin reparar ni en los gestos de José Luis ni en la explanada, el tercero, el de Carlos, atendió a los ademanes más que al seguimiento del vehículo anterior. Lo peor fue cuando Carlos, una vez delante de tan amable señalizador, bajó el cristal, le miró largamente… y fuese. El desconocimiento entre ambos y unas palabras dichas por María José: ―No, no, este señor no es de la Tertulia― provocaron su salida de nuevo hacia la carretera dejando boquiabierto al atónito acomodador. Unos kilómetros después, el razonamiento y una eficaz llamada por el móvil volvieron al orden y a Viacamp al carro y a sus ocupantes.


Estaban todos, allí mismo se
deshizo el entuerto. Con las prisas de la salida, consecuencia de las pérfidas
gambas, los rostros de José Luis y de Carlos no se habían enfrentado ayudando
así a dicha huida y su retorno. El coche de Javier ya había vuelto también a su
lugar. Unas risas celebrando la anécdota mientras terminan los cafés, el camino
hacia el Montsec estaba expedito, las
nubes, amables tanto como la temperatura, comenzaban a diluirse. Sobre las diez
y media la expedición remontó la pista, que pronto se haría interminable, hacia
su primera meta.

El Montsec es una cordillera calcárea de 40 kilómetros de largo que
corre a caballo de Aragón y Cataluña. El pico que les espera, del mismo nombre
que la sierra, de apellido L´Estall, alcanza una altura de 1.331 metros. Desde
abajo se ve sencillo, tan solo tendrán que ascender unos 500 o 600 metros por
suaves lazadas hasta la cumbre. La trocha se va complicando un poco y la parte
media se convierte en senda pedregosa y un tanto dura. Pero el espécimen
tertuliano y el afín es fuerte y todos y todas ascienden hasta la columna
geodésica de la cima. Incluso Nieves, a pesar de salir tocada en la espalda,
corona la cima. Todos respiran llenándose de luz, de aire, de calma, de paz
mientras los buitres y un halcón peregrino avistado por Chuchi y José Enrique
navegan a su altura. Debajo, las láminas de agua del pantano de Canelles y el
lejano contorno del albergue de Montfalcó acarician su mirada.


